Margaret Elaine Foster tenía 76 años y un problema que no podía resolver sola.

Su salud ya no le permitía vivir de manera independiente y el geriátrico que eligió en Lexington, Kentucky, no aceptaba mascotas. Durante dos semanas buscó quién pudiera quedarse con Teddy, el perro que había criado desde que tenía diez semanas de vida. Nadie pudo comprometerse. Un miércoles por la mañana, sin dejar que su hija la acompañara, llevó a Teddy a un refugio con su cama, su plato y una nota escrita a mano donde explicaba sus miedos, sus gustos y que necesitaba una manta incluso en verano. Cuando firmaba los papeles de entrega, el perro le rodeó el tobillo con sus patas. Margaret se sentó en el piso pese a sus dificultades físicas, lo abrazó varios minutos y le susurró algo al oído antes de irse. Horas después, según contó su hija, no dejaba de llorar y repetía que lo sentía, como si tuviera que pedir perdón. La historia se volvió viral y decenas de personas se ofrecieron a adoptar a Teddy con la condición de que Margaret pudiera seguir visitándolo.
