Forsberg buscaba a su amigo por cada rincón de la casa y no entendía por qué ya no aparecía.
Durante 15 años había compartido el sofá, las siestas y las tardes con un gato pelirrojo que un día simplemente no volvió: el cáncer de tiroides se lo llevó, y este golden retriever de 10 años se quedó con esa mirada confundida de quien espera a alguien que no va a regresar. Su dueña, Jen Philion, lo vio deambular días enteros y supo que necesitaba algo más que consuelo.
Así llegó un gatito negro, chiquito y con esa cara desafiante de quien no sabe en la que se está metiendo. Forsberg lo olió, lo empujó con el hocico y ya no lo soltó. Hoy, un año después, duermen juntos, miran la nieve caer por la misma ventana y son la prueba de que el amor, cuando se va, a veces vuelve con otra forma.


