En Bryne, un pueblo pequeño de Noruega, hay un restaurante chino llamado Wen Hua House donde Erling Haaland aprendió a caminar entre mesas antes de aprender a patear un balón hacia el arco. Su dueña, Hui Zhu Wang, lo conoce desde que era un niño.

Hoy Haaland pesa cada gramo de lo que come, entrena como una máquina y juega para el Manchester City. Pero cuando vuelve a casa, entra a ese mismo restaurante y pide lo de siempre: pollo agridulce o pato. Sin excepciones, sin dietas de por medio.

Wang cuenta que sigue siendo humilde, que firma autógrafos con los clientes y que les regaló dos camisetas suyas, ahora enmarcadas en la pared. El futbolista más caro de Europa todavía tiene el mismo apetito de cuando tenía diez años.
