Una pequeña herida. Eso fue todo lo que necesitó el Staphylococcus aureus para entrar. La bacteria vive tranquila en la piel de casi todos nosotros, pero cuando te comes las uñas y abres un corte diminuto junto a la cutícula, le estás dando una puerta directa hacia adentro.

Los médicos llaman a esto onicofagia complicada con sepsis: la infección deja de quedarse en el dedo y viaja por el torrente sanguíneo. Ahí ya no hablamos de una molestia estética, sino de fiebre, inflamación descontrolada y órganos que empiezan a fallar si nadie lo detecta a tiempo.

Lo perturbador es la desproporción. Un hábito nervioso, casi automático, que millones de personas repiten sin pensar mientras ven una serie o esperan el bus, puede terminar en una cama de hospital. La próxima vez que sientas el impulso de morderte una uña, tu cuerpo te lo va a agradecer si te detienes.

