Martin Bryant tenía 28 años y el cuerpo cubierto de quemaduras cuando el psiquiatra Paul E. Mullen entró a verlo, apenas 48 horas después de la matanza de Port Arthur en Tasmania, el 28 de abril de 1996.
Bryant lo miró y le preguntó, sonriendo: “¿Sabías que ahora tengo el récord?”.
No hubo llanto ni justificación. Bryant solo parecía interesado en la notoriedad que había alcanzado después de asesinar a 35 personas, incluidos niños; había estudiado a otros tiradores solitarios antes de actuar, con el único objetivo de superarlos en número de víctimas. El psiquiatra llegaría a describirlo como un hombre profundamente preocupado por su propia importancia y por la atención que recibía.
Pero quizás lo más desconcertante era la contradicción que había acompañado a Martin durante prácticamente toda su vida.
Era rubio, de ojos azules y físicamente atractivo. A simple vista también podía parecer inteligente. El problema es que desde pequeño no consiguió cumplir con ninguna de las expectativas que su apariencia generaba. Quienes comenzaban a hablar con él descubrían rápidamente sus enormes limitaciones para comprender situaciones, relacionarse y mantener una conversación más compleja.
Las pruebas realizadas antes y después de la masacre situaron su coeficiente intelectual en 66, dentro del 1 o 2% más bajo de la población. El propio Mullen consideró que su apariencia pudo haber empeorado sus dificultades sociales.
En la escuela tenía graves dificultades académicas y de socialización. Sus compañeros se burlaban de él y llegó a ser conocido despectivamente como “Estupido Martin”. También comenzó a mostrar conductas problemáticas y violentas, fue suspendido de la escuela primaria y terminó siendo trasladado a educación especial.


Cuando abandonó definitivamente los estudios, sus perspectivas tampoco eran alentadoras. Una evaluación realizada para determinar si podía recibir una pensión por discapacidad señalaba que apenas sabía leer y escribir y advertía que probablemente tendría enormes dificultades para desenvolverse sin la ayuda de sus padres.
Martin parecía perdido, pero entonces apareció Helen Harvey.
La heredera de una fortuna conoció a Bryant cuando él desempeñaba trabajos de jardinería. Ella también llevaba una vida solitaria y entre ambos nació una relación romántica poco convencional.
Bryant se mudó con ella y, por primera vez, tuvo acceso a una vida que hasta entonces parecía completamente fuera de su alcance.
Las cosas tomaron un rumbo extraño en 1992, cuando murió en un accidente automovilístico. Todo indicaba que no había sido un accidente y Bryant era el principal sospechoso, pero por falta de pruebas no pudo ser acusado y terminó heredando una importante cantidad de dinero.
Pensó que por fin el dinero le daría amistades y, aunque muchos se acercaron, siempre era para obtener algún beneficio o aprovecharse de él. Seguía prácticamente solo.
Martin Bryant entró al Broad Arrow Café como cualquier turista. Pidió comida. Volvió a entrar, sacó un rifle y en 90 segundos mató a 20 personas dentro del local. Antes de esa mañana ya había asesinado a David y Noelene Martin, dueños de la propiedad Seascape.
Cuando todo terminó, 35 personas estaban muertas y 23 heridas. La peor masacre cometida por un solo hombre en la historia moderna de Australia.
El psiquiatra Ian Sale, designado por el tribunal, encontró rasgos de trastorno de conducta, TDAH y del espectro autista, pero no era suficiente para volverlo incompetente ante el crimen. Ningún informe encontró una causa única.
Bryant se declaró no culpable. Después cambió su versión. El 22 de noviembre de 1996 recibió 35 cadenas perpetuas, sin libertad condicional. Sigue preso.
Australia, en cambio, cambió para siempre: en semanas endureció sus leyes de armas y recompró casi 650.000 armas prohibidas.
