Dos hombres, sin conocerse, eligieron el mismo pedazo de cemento en el Paseo de la Fama de Hollywood para hacer lo mismo: destruir a golpes una estrella con un martillo. Lo hicieron con años de diferencia, cada uno como una especie de protesta personal, y cada uno pagó las consecuencias por su cuenta.

Cuando el segundo hombre fue arrestado, ocurrió algo que nadie vio venir. El primero, que ya había cargado con su propia condena tiempo atrás, se presentó y pagó su fianza en silencio. No se conocían de nada. No había una amistad detrás, ni un plan compartido.

Solo existía ese mismo trozo de vereda y una decisión casi idéntica, tomada por separado, que terminó enredando sus destinos de una forma que ni ellos mismos podrían haber previsto.

