En diciembre de 1985, Georges Courtois estaba en el banquillo de un tribunal de Nantes, acusado de robo a mano armada. Lo que nadie podía imaginar era que en cuestión de minutos dejaría de ser el acusado para convertirse en el dueño de la sala.

Su cómplice, Abdelkarim Khalki, irrumpió en el juzgado disparando al aire. Desarmó a cinco funcionarios judiciales y les entregó a Courtois y a su codefensor Patrick Thiolet las pistolas Magnum .357 confiscadas y una granada de mano. Jueces, jurados y periodistas se deslizaron bajo las mesas. Un reportero tomado como rehén lo describió así: “Fue un momento surrealista cuando los secuestradores se convirtieron en el magistrado y el jurado”.

Courtois se encadenó al juez presidente, Dominique Bailhache, lo llevó frente a las cámaras de televisión nacional y usó su muñeca para denunciar al sistema judicial francés. En un momento salió al balcón y disparó contra el grupo de periodistas, destruyendo la lente de la cámara de un reportero de la BBC. El propio reportero declaró que Courtois “no disparaba a nadie en particular — disparaba a cualquiera que estuviera a la vista”.

La crisis se extendió durante 34 horas y terminó en la pista del aeropuerto de Nantes, donde los secuestradores liberaron a sus últimos rehenes y se entregaron. Mientras la policía lo escoltaba esposado, Courtois miró a las cámaras y sonrió: “Elegimos la mejor solución”. Nadie había resultado herido.
