Miren a Embolo. Deshecho, sostenido por sus compañeros, incapaz de contener las lágrimas. El llanto amargo del que siente que le arrebataron algo.
Para él fue una injusticia. Sintió el contacto, se dejó caer, y esperaba una falta a favor. En cambio, el árbitro —tras el VAR— interpretó que había simulado, le mostró la segunda amarilla y lo expulsó. Suiza quedó con diez ante el campeón del mundo, y su goleador, afuera, viendo el sueño escaparse desde la banda.
Él jura que no exageró. El árbitro dijo lo contrario. Y en ese abismo entre lo que uno siente y lo que el reglamento marca, cabe toda la impotencia del fútbol.
Sus compañeros lo abrazaron, pero hay dolores que ningún abrazo alcanza. El de irse así, señalado, sintiendo que la decisión que te condena es la equivocada.
