Remy Schofield lleva 20 años construyendo su piel a punta de agujas.

El británico, conocido como el papá más tatuado del mundo, gastó más de 330 mil dólares en tinta hasta cubrir casi por completo su torso y sus brazos. Tiene diseños hasta en las palmas de las manos, aunque evita las zonas con más callosidad porque ahí el dolor y la dificultad se disparan. No planea llegar a la cara ni acercarse a los ojos: dice que se detendrá el día que deje de disfrutarlo.

Curioso por ver la versión de sí mismo que dejó atrás, le pidió a una inteligencia artificial que lo recreara sin ningún tatuaje. El resultado lo sorprendió por otra razón: la IA le regaló un abdomen marcado que en la vida real nunca tuvo. Veinte años de historia borrados con un clic, y un six-pack de regalo que ni el gimnasio le dio.

