Fernando González quería ser portero profesional. Estuvo a punto de debutar en la Tercera División de España, hasta que la muerte de su padre le cambió los planes de un día para otro.

Tuvo que dejar los guantes para hacerse cargo del restaurante familiar. Pero en vez de guardarse la frustración, la convirtió en combustible: llevó a su hijo Pedri a cada entrenamiento, lo alentó a perseguir lo que él ya no podía tener.


Hoy Pedri juega en el FC Barcelona y viste la camiseta de España. Y cada vez que gana un título grande, espera a que el estadio se vacíe para volver a la cancha con su padre: le tira un penalti, y Fernando, ya con más de 50 años, se lanza a atajarlo como si el tiempo no hubiera pasado. Algunos sueños no se pierden. Solo cambian de dueño.

