Piper tenía apenas 20 años cuando llegó a prisión, sin oficio ni credo firme, criado en Anchorage por una familia bautista que nunca encontró una iglesia a la cual quedarse.

La noche en que ejecutaron a Page, otro reo del corredor de la muerte, algo se rompió en él. Desde su celda le reclamó a Dios cómo podía permitir algo así. No hubo respuesta esa noche.

Al día siguiente, un sacerdote católico apareció en su celda diciendo que Piper había pedido hablar con él. Piper jura que nunca hizo esa solicitud. Fue ahí, frente a un hombre que no debía estar ahí, donde hizo la pregunta que terminó reconstruyendo su fe desde cero, encerrado en uno de los lugares más desesperanzados que existen.

