Betty Broderick le dio los mejores años de su vida a Dan: trabajó sin descanso mientras él se convertía en médico, luego en abogado, y finalmente en millonario intocable en California. Cuando llegó el éxito, Dan contrató a una secretaria de 21 años llamada Linda y empezó a tratar a Betty de loca cada vez que ella sospechaba algo.

Cuando por fin admitió la infidelidad, no se conformó con el divorcio: usó cada herramienta legal a su alcance para aplastarla. Le quitó la custodia de sus cuatro hijos, la dejó sin dinero y la provocaba a propósito para que estallara frente a los jueces. Betty se quebró: dejó mensajes de voz llenos de rabia, chocó su camioneta contra la puerta de la casa de Dan, quemó su ropa. Él respondía haciéndola arrestar y descontándole plata de la manutención por cada insulto.


El 5 de noviembre de 1989, siete meses después de que Dan se casara con Linda, Betty entró a la mansión con un revólver calibre .38 y les disparó mientras dormían. Hoy sigue presa, cumpliendo una condena mínima de 32 años. ¿Dónde termina la violencia psicológica y empieza la responsabilidad de quien finalmente explota?

