
Nueva York, 1943. En medio de la Segunda Guerra Mundial, un joven entró a una cabina fotográfica de Grand Central Terminal con su compañero de siempre: un pastor alemán que no se despegaba de su lado.
No hacía falta ocasión especial. Se sentaron juntos, se acercaron las mejillas, y hasta le pusieron unos anteojos al perro para la foto del medio. Tres tomas, tres gestos distintos, la misma complicidad de toda la vida.

Ochenta años después esas fotografías siguen circulando, y con ellas la prueba de que el vínculo entre una persona y su perro no necesita fecha ni contexto para conmover. Solo necesita una cámara a mano y ganas de guardar ese momento para siempre.
