En el extremo norte de Siberia, donde el termómetro puede marcar 50 grados bajo cero, ni los más chiquitos se libran del rigor del clima.
Los Nenets llevan siglos criando renos y moviéndose sobre la nieve, y aprendieron algo que ninguna fábrica de ropa moderna les enseñó: la piel de reno es la única barrera real contra ese frío. Por eso hasta los bebés usan trajes idénticos a los de sus padres, con capuchas que enmarcan su cara, mitones cosidos a mano y botas que no dejan pasar el viento.
No es folclore ni disfraz. Es la ropa que les permite salir de la casa, seguir a los renos y seguir siendo, generación tras generación, uno de los pocos pueblos que le ganan al Ártico.
