Hetiene Soares tenía un plan y una pizzería no sospechaba nada.

Su hijo John Lincoln, de 19 años, había dejado la construcción en Río Branco, Brasil, porque el sueldo no le alcanzaba. Consiguió trabajo como repartidor y ese primer día, sin saberlo, terminaría entregando un pedido en la puerta de su propia casa. Hetiene había llamado al restaurante con una sola condición: que fuera su hijo quien llevara la pizza.

Cuando John tocó el timbre y reconoció la fachada, encontró a toda la familia esperándolo con aplausos y celulares en alto. Hetiene le pidió que fuera el mejor repartidor que pudiera ser, y desde entonces pide una pizza cada semana, solo para verlo un minuto durante su turno.
