La vieron caminando sola por un estacionamiento vacío, encorvada, con el pelaje negro pegado al cuerpo y las patitas blancas manchadas de tierra. Nadie sabe cuánto tiempo llevaba así.
Cuando por fin la alcanzaron, descubrieron el verdadero problema: tenía garrapatas incrustadas en las orejas. Con una pinza y mucha paciencia, se las fueron quitando una por una, mientras ella se dejaba hacer como si entendiera que la estaban ayudando.


Después llegó lo mejor: una piscina inflable llena de espuma y cuatro niños arrodillados alrededor, frotándole el lomo entre risas. La perrita que horas antes caminaba sola por el asfalto terminó ese mismo día bañada, limpia y rodeada de manos que ya no la iban a soltar.
