Colgaba de una rama seca en medio del agua, sin poder moverse.
Así la encontró un grupo de personas que navegaba en bote por el lago: una garza atrapada, agotada, con las patas enredadas en la madera muerta que sobresalía del agua. Nadie dudó. Acercaron la embarcación, la tomaron con cuidado entre las manos y empezaron a liberarla poco a poco, mientras el ave se dejaba ayudar como si entendiera que ese momento era su única salida.


Cuando por fin quedó libre, no salió corriendo del susto. Se quedó unos segundos parada sobre el bote, cerca de quienes la habían salvado, como si necesitara reconocer que ya no había peligro. Después abrió las alas y voló bajo, rozando el agua, hacia el otro lado del lago. Los que estaban ahí solo pudieron mirarla irse, en silencio, con esa sensación de haber hecho algo pequeño que para ella lo fue todo.
