Lisieux, Francia, 1923.
Los trabajadores exhumaban los restos de Santa Teresita del Niño Jesús para trasladarlos antes de su beatificación. Entre las flores que cubrían la tumba, alguien se detuvo frente a un pétalo de rosa. Ahí, marcado con una nitidez que nadie supo explicar, estaba el rostro de Cristo.

No era casualidad que fuera justo ella quien recibiera esa señal. Su nombre completo era Teresa del Niño Jesús y de la Santa Cara, y toda su vida giró en torno a ese rostro doliente que contemplaba en silencio. Había prometido que después de morir dejaría caer una lluvia de rosas sobre quienes la recordaran.
Un siglo después, aquel pétalo sigue siendo el mismo recordatorio: que la fe más profunda a veces cabe en el detalle más pequeño, y que el cielo, cuando quiere hablar, no necesita gritar.
