Lloraba en la primera fila.
En un pueblo de Francia, una mujer apareció muerta, estrangulada, y la comunidad entera se volcó a las calles para exigir justicia. Entre los vecinos que caminaban con velas y carteles, había un hombre que parecía tan destrozado como el resto. Consolaba a otros, se secaba las lágrimas, avanzaba con la multitud como uno más del duelo colectivo.

Nadie sospechó de él hasta que la policía, siguiendo la investigación, lo llevó a declarar. Fue ahí, lejos de las cámaras y de los aplausos por su supuesto dolor, donde admitió lo que había hecho: él era el autor del crimen que toda esa marcha buscaba esclarecer. El mismo hombre que había caminado en homenaje a la víctima era quien le había quitado la vida.

La noticia recorrió Francia y generó preguntas incómodas sobre cuántas veces un agresor puede ocultarse detrás del dolor ajeno sin que nadie lo note a tiempo.

