Lindsay Clancy pasó años ayudando a nacer. Como enfermera de partos en Massachusetts, era la persona que las madres primerizas veían primero, la que sostenía la mano en el momento más difícil.
El 24 de enero de 2023, en su propia casa, estranguló a sus tres hijos: Cora, de 5 años, Dawson, de 3, y Callan, de apenas 8 meses. Después saltó por la ventana de un segundo piso. Sobrevivió, pero quedó paralizada de la cintura hacia abajo.
Su defensa dice que escuchó una voz. Que estaba sobremedicada y atravesaba una psicosis posparto severa, una condición que afecta a 1 o 2 de cada 1.000 mujeres tras dar a luz. La fiscalía dice otra cosa: que lo planeó, que sabía exactamente lo que hacía.


Aquí aparece la pregunta que nadie logra responder del todo. Hoy no existe ningún examen médico capaz de detectar la psicosis posparto antes de que ocurra una tragedia. No hay análisis de sangre, no hay escáner, no hay forma de anticiparla como se anticipa una fiebre.
Entonces, ¿cómo se distingue una mente que se quiebra de una decisión tomada con plena conciencia? ¿Puede una enfermedad borrar la responsabilidad de un crimen así? La ciencia todavía no tiene una respuesta clara. La sala del tribunal, tampoco.
Lo único seguro es esto: tres niños ya no van a crecer, y una madre que ayudaba a traer vida al mundo hoy enfrenta perpetua por haberla quitado.

