Rex Heuermann, arquitecto de 62 años, padre de familia y vecino aparentemente ordinario de Massapequa Park en Long Island, Nueva York, pasará el resto de su vida en prisión. Esta semana recibió una condena de tres cadenas perpetuas más 100 años adicionales, sin ninguna posibilidad de libertad condicional, por el asesinato de ocho mujeres a lo largo de casi dos décadas.

El caso, conocido como el del asesino de Gilgo Beach, había permanecido sin resolver durante años. Los primeros cuerpos aparecieron en 2010, envueltos en arpillera en una playa de Long Island. La mayoría de las víctimas ejercía la prostitución, y las investigaciones avanzaron lentamente. Lo que finalmente lo delató fue un trozo de pizza que tiró a la basura: el ADN cotejó con restos hallados en el envoltorio de una de las víctimas. Cuando su esposa, con quien llevaba 27 años de matrimonio, se enteró, presentó el divorcio de inmediato.

En la audiencia, los familiares tomaron la palabra sin filtros. “Nada podrá jamás reparar esto”, dijo Jasmine Robinson, prima de Jessica Taylor. “Mi hija tenía sueños, y tú se los arrebataste”, afirmó JoAnn Mack, madre de Valerie Mack. El juez Timothy Mazzei cerró la sesión con una frase que lo dijo todo: “Es usted un hombre asqueroso, despreciable y pequeño. Y es un cobarde.”

