Durante décadas, el mochuelo europeo encontró refugio en las rendijas de los tejados viejos, en las grietas de los pajares, en los huecos que dejaban los materiales antiguos de las casas de campo.

Cuando España modernizó sus construcciones rurales y selló cada grieta con materiales industriales, esos escondites desaparecieron uno por uno. Y con ellos, empezaron a desaparecer también los mochuelos. Ahora hay una respuesta artesanal a ese problema: las llamadas tejas mochueleras, piezas de cerámica con una abertura frontal y una cavidad interior hecha a la medida exacta del Athene noctua, el nombre científico de esta pequeña ave rapaz nocturna.

Se instalan en granjas, viviendas rurales y pajares sin dañar la estructura del tejado ni comprometer su impermeabilidad. Y el beneficio no es solo para el ave: cada mochuelo que anida ahí se convierte en un cazador nocturno de insectos, topillos y roedores, un control de plagas gratuito para los agricultores que decidieron darle casa de nuevo.

