“¿Estoy enferma?”, le preguntó Carolyn a su mamá mientras miraba su espalda en el espejo.
Elizabeth Austin había pasado gran parte de su vida sintiendo que su cuerpo grande era un problema. Desde niña recibió comentarios sobre su peso y desarrolló una relación difícil con la comida, así que cuando su hija creció siendo naturalmente muy delgada, creyó que al menos ella se libraría de ese tipo de inseguridades.
Pero ocurrió lo contrario.

A los 14 años, Carolyn comenzó a ver en internet publicaciones que asociaban brazos delgados, clavículas marcadas o una espalda huesuda con enfermedad. Incluso llegó a comparar su cuerpo con fotos de celebridades y a preguntarse si se veía “demasiado” delgada.
Para Elizabeth fue especialmente duro escucharla decir eso porque Carolyn había sido diagnosticada con leucemia a los 8 años y pasó años en tratamiento. Ella sabía perfectamente cómo se veía su hija cuando realmente estaba enferma, y ese no era el caso.
Fue entonces cuando entendió algo que no esperaba: ella había crecido sintiendo que debía hacerse más pequeña, mientras su hija ahora sentía que era demasiado pequeña.
Las dos llegaron al mismo espejo desde cuerpos completamente distintos y terminaron haciéndose la misma pregunta: “¿hay algo malo en mí?”.
