Liliana Cáceres tenía 16 años en 1997 cuando empezó a atarse trapos y sábanas al vientre con fajas, todos los días, durante casi dos horas.

Antes de vestirse bebía litros de agua para hinchar su abdomen de forma natural. Vivía en el barrio Nueva Colombia, en Barranquilla, y le había dicho a su novio Alejandro que esperaba nueve bebés.

La noticia se regó por todo el país. Los medios la buscaban, los vecinos la trataban como un milagro y hasta Gabriel García Márquez se interesó en su caso y la invitó a un taller de crónicas.

Durante nueve meses nadie notó que el vientre de Liliana era tela y agua, no vida.

El 28 de noviembre de 1997 unos exámenes médicos en el Hospital Universitario de Barranquilla terminaron con la farsa: no había ningún embarazo.

La psiquiatra Mónica Avendaño la diagnosticó con un trastorno conversivo, y Liliana llegó a pensar en quitarse la vida por la vergüenza.

Hoy, con 44 años, cuatro hijos y una fundación para madres adolescentes en Cartagena, asegura que no se arrepiente: dice que todo lo hizo por amor.
