Lexi apenas podía mantenerse despierta.
En febrero, la familia Fiorillo recibió la noticia que todo dueño teme: su Rhodesian Ridgeback de 11 años estaba perdiendo la batalla contra el linfoma. Quedaban pocas horas. Jessica voló desde Florida, sus hermanos llegaron desde Nashville y Hoboken. Pero faltaba Jill, la madre, atrapada a más de tres mil kilómetros, en Aruba.

Nadie creía que la perrita lo lograría. Estaba agotada, con el cuerpo apagándose, pero cada vez que algo sonaba en la puerta, levantaba débilmente la cabeza. Un estudio de la Universidad de Emory, publicado en Behavioural Processes, explica parte del misterio: el olor de un humano familiar activa el núcleo caudado, el centro de recompensa del perro, y esa descarga de oxitocina puede opacar el dolor por un rato.
Contra todo pronóstico, su corazón aguantó hasta que la puerta se abrió. Era Jill. Corrió a arrodillarse junto a ella, la abrazó y le susurró que la amaba, que ya podía descansar. Unas horas después, Lexi soltó su último suspiro rodeada de toda su manada, partiendo de este mundo rodeada de amor.


@notjessfi She stayed alive to see my mom one last time. She flew back from Aruba and lexi died 6 hours later. #dog #ridgeback #dogsoftiktok #rip ♬ original sound – Jess
