Una caja de huevos se le cayó en el estacionamiento del supermercado.
Parece nada. Pero ese día era la última gota: llevaba semanas acumulando cansancio, problemas y silencios, y ver esos huevos rotos en el asfalto fue suficiente para que algo dentro de ella se quebrara también. Se quedó ahí parada, al borde de las lágrimas, sintiendo que no podía sostener un día más.

Entonces un desconocido se acercó. No dijo mucho. Se agachó, ayudó a levantar lo que quedaba, y con una calma que ella no esperaba, le recordó que un mal momento no define un mal día ni una mala vida. Ella misma contó después que ese gesto, tan pequeño, la salvó de arruinarse a sí misma esa tarde.

A veces no hace falta un discurso. Hace falta alguien que se detenga cinco minutos en el lugar exacto donde otro se está cayendo.

