Isabella Wilson tenía 19 años cuando probó matcha por primera vez, en el verano de 2024, con un poco de la bebida de una amiga. Pensó: “No está tan mal”.

De tomar unos cuantos a la semana pasó a varios al día. Incluso consiguió trabajo en una cafetería donde lo servían, y al llegar a casa seguía bebiendo. En su punto más alto llegó a consumir 400 mg de cafeína diarios, el equivalente a cinco Red Bull. Gastó 2.000 libras en un año, compraba bolsas de polvo a un vendedor poco fiable en Vinted y sachets de 10 libras en Tesco. “Estaba pensando en mi siguiente matcha cuando ya tenía uno en la mano”, recuerda.

El cuerpo empezó a pasar factura: migrañas que no la dejaban ni al despertar, visión de túnel, mareos, vómitos semanales, acné y 12 kilos de más. Todo cobró sentido en enero, cuando vio un video de alguien hospitalizado por exceso de matcha. En marzo redujo su consumo a dos tazas por semana y en pocas semanas el acné y los dolores de cabeza empezaron a desaparecer. Los expertos recuerdan que el matcha de tienda puede tener más cafeína que un espresso.

