En 1948, amar a otro hombre era considerado una enfermedad mental. James Peterson, un joven artista de 28 años, fue entregado por sus propios padres a un asilo bajo el diagnóstico de “perversión sexual”, término usado entonces para condenar la homosexualidad.

El “tratamiento” fue una lobotomía transorbital, un procedimiento de 15 minutos que buscaba “curar” su deseo, pero terminó borrando su alma.

El médico celebró el éxito, pero la realidad fue otra. James pasó 46 años más institucionalizado, convertido en un cuerpo vacío sin rastro del hombre sensible que fue. Sus padres, al ver que habían destruido a su hijo, jamás regresaron.

