Luke Woodhouse tenía 35 años y ningún antecedente médico cuando un dolor de muela empezó a molestarle más de la cuenta.

No le dio importancia. En Moreton Bay, al norte de Brisbane, Australia, las bacterias de un absceso dental ya se habían filtrado a su torrente sanguíneo y avanzaban en silencio.

Primero llegó la confusión, después diarrea, opresión en el pecho y escalofríos. Cuando el habla empezó a arrastrársele y el delirio se instaló, su esposa Jennifer lo llevó al Hospital Redcliffe.

Ahí los médicos le dieron un diagnóstico que nadie asocia con una caries: sepsis, y una endocarditis infecciosa que ya le había destruido una válvula del corazón.

Le dijeron que sin cirugía no le quedaba mucho tiempo. Lo abrieron a corazón abierto para sacarle la válvula infectada y ponerle una mecánica.

Hoy, un año después, Woodhouse toma anticoagulantes de por vida y se hace análisis de sangre de forma regular, todo por una molestia que empezó en un diente.
