Derek Amato tenía 40 años, vivía en Denver y no sabía leer una nota musical. En octubre de 2006, durante un reencuentro con amigos, intentó atrapar un pase de fútbol y cayó de cabeza en la zona poco profunda de una piscina. El lado izquierdo del cráneo golpeó directo contra el cemento.

Cuatro días después del accidente, sentado frente a un teclado en casa de un amigo, sus manos comenzaron a moverse solas. Tocaba. Y no tocaba mal. Sin una sola clase, sin años de práctica, con habilidades que la mayoría tarda décadas en desarrollar. Los médicos lo diagnosticaron con síndrome de savant adquirido. Una lesión en el hemisferio izquierdo que, según la teoría, “libera” al hemisferio derecho vinculado a la creatividad. Hay entre 32 y 130 casos documentados en el mundo.

Amato perdió el 35% de su audición para siempre y hoy convive con migrañas crónicas. Pero también dejó su carrera en telecomunicaciones, publicó un álbum y un libro, y encontró en ese golpe el único un nuevo rumbo.

