El vínculo entre un padre y una hija puede mover montañas, o en este caso, cruzar medio país. Li Bingdi, una estudiante en la ciudad de Siping, le confesó a su padre que la comida de su universidad era “poco higiénica” y le faltaba el sabor de su hogar en Tianjin.

Sin dudarlo, el hombre renunció a su empleo y se mudó 900 kilómetros para abrir un pequeño puesto de comida cerca de su hija.
Este gesto no es un simple capricho, ya que luego de perder a la madre de Li, ambos se volvieron el único apoyo del otro. El padre aprendió a cocinar arroz frito y fideos para subsistir y, al mismo tiempo, cuidar la alimentación de la joven. “Para mí, el amor de mi padre es tan cálido como el sol”, comentó Li conmovida.

Lo que empezó como un acto de protección familiar terminó siendo un éxito local. Luego de un inicio difícil, su puesto se volvió tan popular que ahora se forman largas filas de estudiantes buscando ese sazón casero. Una muestra de que, cuando se cocina con amor, el éxito llega solo.

