Jim Zetz tenía 62 años, un diagnóstico de cáncer de páncreas en etapa 4 y una certeza que dolía más que cualquier tratamiento: no iba a estar en la boda de su hija.

Josie tenía 11 años cuando la fotógrafa Lindsey Villatoro, que llevaba meses documentando los últimos días de la familia en Murrieta, California, escuchó algo que no pudo ignorar. La niña había dicho, con esa honestidad brutal que solo tienen los niños, que su papá no estaría para los recuerdos importantes. En 72 horas, Villatoro recaudó donaciones, consiguió el traje de Jim, el vestido blanco de Josie, un pastel, flores y catering. Veintitrés personas de la comunidad se sumaron en silencio. Josie fue recogida directo de la escuela sin saber nada.

Cuando la Marcha Nupcial comenzó a sonar, Jim tomó el brazo de su hija y la llevó por el pasillo. El pastor los declaró “papá e hija”. “Tu papá puede que no llegue a verte casarte, pero está aquí para llevarte al altar hoy”, dijo. Jim falleció pocas semanas después. Josie tiene el video. En su boda real, lo reproducirá, y él estará ahí.

