Robert Hansen tenía una panadería en Anchorage, esposa, hijos y una reputación intachable.

Nadie en esa ciudad de Alaska imaginaba que ese vecino tranquilo era piloto y cazador experto, y que usaba ambas habilidades para algo que no aparece en ningún manual de caza: llevaba a mujeres, muchas de ellas trabajadoras sexuales, hasta zonas remotas del bosque en su propia avioneta, las soltaba y luego las perseguía con un rifle Ruger Mini-14. Durante más de una década, entre 1971 y 1983, nadie conectó los puntos.

Todo se rompió en 1983, cuando Cindy Paulson, de apenas 17 años, logró escapar y contarle todo a la policía. Esa fuga llevó a los investigadores hasta una mapa marcado con los sitios donde Hansen enterraba a sus víctimas y joyas que las identificaban. Confesó 17 asesinatos y recibió una condena de 461 años de prisión. Murió en la cárcel de Spring Creek en 2014, sin haber pisado nunca más la calle donde tenía su negocio.

