Sores Duman tiene 20 años y no paga renta desde que se mudó a Deventer, Holanda.

Vive en un pequeño estudio dentro del Centro Residencial Humanitas, un hogar donde más de 100 ancianos —muchos de más de 90 años— pasan sus días. La directora, Gea Sijpkes, tuvo una idea simple: a cambio de alojamiento gratis, los estudiantes solo debían regalarles algo de su tiempo a los residentes. Nada de trabajo formal, ni turnos, ni obligaciones pesadas. Solo compañía.

Así que Sores y otros como Jurrien Mentink terminaron enseñando a los abuelos a tomarse selfies, a comprar por internet desde un iPad, a reírse de cosas que ya casi habían olvidado. Los seis pisos del edificio tienen al menos un estudiante cada uno, y las conversaciones en los pasillos cambiaron de tema, de ritmo, de energía.

Lo que empezó como una solución para no pagar arriendo se convirtió en una cura silenciosa contra una de las heridas más comunes de la vejez: sentirse invisible. El modelo ya se replicó en Maartenshof, en Groningen, y todo indica que no será el último lugar donde alguien decida que la soledad se combate con una llave compartida.

