Hollie Cruickshanks tenía tanto miedo de que su hija contrajera herpes que, desde que nació, prohibió a familiares y amigos besarla. Había visto durante el embarazo el caso de otro bebé contagiado y temía las consecuencias. Pero cuando Oarlah tenía seis meses, aparecieron manchas rojas y blancas en su cuerpo que rápidamente se extendieron por su rostro y cabeza.

Al principio, Hollie pensó que podía tratarse de varicela. Sin embargo, el médico confirmó que era una infección por herpes y la bebé fue llevada al hospital. Las lesiones incluso llegaron hasta su ojo izquierdo, provocando el temor de que pudiera perder la visión.

“Cuando vi eso, me llené de horror. Sabía que podía quedar ciega”, recordó Hollie. Los médicos le administraron medicamentos antivirales por vía intravenosa y, afortunadamente, la inflamación comenzó a disminuir después de 24 horas. Las pruebas confirmaron que su visión no había sido afectada.

Lo más desconcertante fue que la familia no pudo determinar cómo ocurrió el contagio. “Los médicos nos dijeron que también podía transmitirse a través de las manos”, explicó la madre.

Las lesiones desaparecieron después de unas cuatro semanas y Oarlah se recuperó por completo. “Intenté protegerla y aun así contrajo este horrible virus”, dijo Hollie, quien aseguró que todavía evita que otras personas besen a su hija.
