Francis Clifford Smith tenía 25 años cuando lo sentenciaron a muerte por un crimen que negó hasta su último aliento.

Lo condenaron por matar al vigilante Grover Hart, de 68 años, durante un robo en un club náutico de Greenwich, Connecticut, en 1949. Ocho veces lo prepararon para morir. Ocho veces le sirvieron su última cena. Y ocho veces, por distintas razones legales, la ejecución se detuvo. En 1954 le conmutaron la pena por cadena perpetua, y ahí empezó una espera que duraría el resto de su vida.

Con los años aparecieron grietas en el caso: testigos que se retractaron, un investigador que dijo creer en su inocencia y hasta otro preso que confesó haber sido él quien mató a Hart. Nada de eso lo sacó de prisión. Smith pasó más de siete décadas encerrado, se ganó el apodo de ‘el hombre de los pájaros de Osborn’ por alimentar aves con pan escondido, y solo salió bajo libertad condicional en 2020, ya anciano y con demencia senil. Murió mientras dormía, a los 101 años, sin que nadie —ni la justicia, ni la historia— confirmara jamás si merecía pasar toda una vida tras las rejas.

