En el Convento San Francisco de Cochabamba, Bolivia, vive un schnauzer que los frailes llaman Fray Bigotón. Llegó en 2016, con apenas mes y medio, de la mano del sacerdote polaco Kasper Kapron. Durante un tiempo nadie supo que era de raza: vivió como si fuera un perro callejero, cazando ratas y espantando palomas por el jardín.

Con los años se ganó su hábito franciscano, su nombre religioso y el cariño de cada hermano que pasó por ahí. “Cuando los hermanos terminan su formación y se van, el perrito sufre”, contó el Fray Jorge Fernández, quien lo cuidó como nadie. Carmelo se encariña, despide, y vuelve a esperar en la puerta del primer cuarto abierto que encuentra.

Cuando llegó la pandemia, su sola presencia en el convento se volvió consuelo. Los frailes aseguran que Fray Bigotón ayudó a la gente a sostener la esperanza de que vendrían “cosas mejores”. Hoy comparte casa con su hijo Metodio y su amigo felino Fray Michy, y sigue siendo, a su manera, el hermano pequeño que San Francisco de Asís hubiera guardado junto a él.

