Linda Hamilton tenía 34 años y acababa de dar a luz cuando James Cameron le pidió algo casi imposible: que su Sarah Connor de Terminator 2 pareciera una mujer que llevaba años entrenando para la guerra.
Tuvo 13 semanas para lograrlo. Con el entrenador Anthony Cortes, entrenó tres horas al día, seis días por semana: pesas libres, carrera, natación, bicicleta, escaleras, abdominales. Podía levantar hasta 38 kilos.


El resultado sorprendió a todos, incluido su compañero de set. Arnold Schwarzenegger recordó años después que sus brazos estaban tan marcados y llenos de venas que parecía una pequeña culturista.
Ella misma lo describió en el libro oficial de la producción: “Fue maravilloso verme transformada. Tenía músculos y era cien veces más fuerte de lo que había sido nunca.”


La historia no terminó ahí. Veintiocho años después, a los 63, Hamilton volvió a ponerse en la piel de Sarah Connor para Terminator: Dark Fate. Esta vez no tuvo tres meses: entrenó durante un año completo con Mackie Shilstone, el mismo preparador de Serena Williams, y pasó un año y medio sin probar carbohidratos.

Dos cuerpos distintos, la misma guerrera. Una construida en semanas por la urgencia de una película. La otra, sostenida por décadas de disciplina que nadie le exigió pero ella se exigió sola.
