Freddie Figgers tenía solo horas de vida cuando su madre lo dejó entre botes de basura, en una zona rural de Florida.

Un vecino escuchó su llanto y le salvó la vida. Terminó en un hospital, y ahí apareció Nathan Figgers y Betty May, una pareja que ya tenía 74 y 66 años, con hijos propios y sin planes de adoptar a nadie más.
Aun así lo llevaron a casa.


En la escuela sus compañeros lo llamaban “bebé basura” y llegaron a encerrarlo en un contenedor, pero en su casa encontró lo que nunca tuvo al nacer.


A los 9 años su padre le regaló una computadora rota que consiguió por poco dinero.
Freddie la arregló él mismo, y ese gesto le abrió la puerta a la tecnología. A los 15 ya tenía su propia empresa.


A los 21, una licencia de la FCC para llevar telecomunicaciones a zonas rurales. Hoy dirige Figgers Communications, valorada en 62 millones de dólares.
El niño que el mundo quiso desechar terminó construyendo lo que nadie esperaba.
