Kelly Brook, de 46 años, lo dice sin rodeos: en 2007, cuando estaba en su peso más bajo, era la mujer más infeliz de su vida.


Corría el año en que perdió a su padre, y su cuerpo delgado no reflejaba paz, sino dolor. Desde entonces la modelo británica reconstruyó su relación con la comida y con el espejo: hoy se define feliz en una talla 12, se negó a adelgazar antes de su boda con Jeremy Parisi y hasta corrió el Maratón de Londres pese a una fractura por estrés en el pie.


Hace poco se sometió junto a su esposo a una resonancia magnética completa del cuerpo, un chequeo que —confiesa— le generó ansiedad antes de los resultados.


Aun así, sigue eligiendo entrenar el core, cocinar caldos caseros y caminar a su perro por encima de cualquier dieta exprés. Mientras el mundo del espectáculo celebra la delgadez extrema, ella construyó su propia definición de salud.

