Tras derrotar a su clásico rival por tres a cero, cualquier otro equipo se hubiera ido directo al vestuario a festejar, producto de la euforia que produce un triunfo así.
Pero los jugadores de Temperley caminaron hasta las tribunas, buscaron a los chicos que habían ido a alentar y les entregaron juguetes uno por uno, por el Día del Niño.

No hubo cámaras esperando el momento ni anuncio previo: fue una fila de futbolistas transpirados, todavía con la camiseta del triunfo puesta, arrodillándose para estar a la altura de cada nene.
Hay victorias que se miden en goles y otras que se miden en la cara de un chico que se va a su casa con un regalo y con la sensación de que su ídolo lo vio, aunque sea por un segundo.
