Aquel traslado debía terminar en una sala de justicia. Terminó frente a una cámara.
El 16 de marzo de 1984, Jeff Doucet llegó al aeropuerto de Baton Rouge, Luisiana, bajo custodia policial. Había sido instructor de karate de Jody Plauché, a quien secuestró y llevó a California. El niño pasó diez días cautivo y sufrió abusos sexuales. La policía lo rescató y lo llevó de vuelta a Luisiana el 1 de marzo. Doucet regresaba para responder por el caso.

Gary Plauché, el padre, supo por televisión cuándo llegaría Doucet. Fue al aeropuerto con un revólver calibre 38 y se ocultó entre unos teléfonos públicos. Llamó a un amigo: “Aquí viene”. Luego dijo: “Estás a punto de escuchar un disparo”.
Cuando Doucet pasó escoltado por los agentes, Gary salió de entre las cabinas y le disparó en la cabeza. Una cámara de noticias registró el ataque. Doucet murió al día siguiente. El agente Mike Barnett le gritó: “¿Por qué lo hiciste?”. Gary respondió: “Si alguien se lo hiciera a tu hijo, tú también lo harías”.

Jody, ya adulto, dijo que no quería a Doucet muerto, esperaba que se pudriera en la cárcel. También contó que se enojó con su padre. Con el tiempo lo perdonó y volvió a aceptarlo en su vida.
En 1985, Gary se declaró sin oposición a un cargo de homicidio involuntario. Recibió siete años de condena suspendida, cinco años de libertad condicional y 300 horas de servicio comunitario. De adulto, Jody escribió un libro sobre su caso y se dedicó a prevenir el abuso infantil. El disparo quedó grabado; la historia de Jody no terminó allí.

