
Gengis Khan tenía 11 años y agonizó durante días.
Los veterinarios del Sheldrick Wildlife Trust y el Servicio de Vida Silvestre de Kenia le inyectaron glucosa para intentar salvarlo, pero murió antes de una semana. Sus ojos estaban enrojecidos, respiraba con dificultad y ya no podía mantenerse en pie, los mismos síntomas que arrastraron a otros 19 elefantes desde finales de junio en la región de Amboseli, en el sur de Kenia.


Las autoridades encontraron cianuro en los cadáveres y apuntaron a un envenenamiento por pesticidas de cultivos cercanos. Pero Patrick Papatiti, jefe de operaciones de las tierras comunitarias de Olgulului, no lo cree: dice que en la zona no se usa cianuro y que, si hubiera veneno masivo, también estarían muriendo las hienas y los buitres que se alimentan de los cuerpos. No ha pasado.
Papatiti sospecha algo peor: que la cifra real de muertes está subestimada y que el mal ya cruzó la frontera hacia Tanzania. Mientras el gobierno defiende su hipótesis, nadie ha confirmado si se trata de un virus, una bacteria o una toxina. Los elefantes siguen muriendo y las respuestas no llegan.

