Donald Cline era un ginecólogo respetado en Indianápolis. Entre 1974 y 1987 prometió a decenas de mujeres que las inseminaba con esperma de un donante anónimo, un estudiante de medicina. Era mentira: usaba el suyo, una y otra vez, sin que ninguna paciente lo supiera.

El secreto se sostuvo casi 30 años hasta que Jacoba Ballard, una de sus hijas biológicas, se hizo una prueba de ADN con 23andMe en 2014. Lo que encontró la dejó helada: docenas de medio hermanos y hermanas, muchos viviendo a menos de 40 km de distancia entre ellos, sin saberlo. Confrontado en 2016, Cline admitió haber usado su propio esperma “unas 50 veces”. Las pruebas genéticas terminaron confirmando al menos 94 hijos biológicos.

Indiana no tenía en esa época ninguna ley que penalizara el fraude de fertilidad. Cline solo fue condenado por obstrucción a la justicia, con una pena en suspenso, sin pasar un día en prisión. El caso obligó al estado a legislar sobre algo que hasta entonces era, legalmente, invisible.

