Gracias, Cristiano

Por Juan Pablo González
6 July, 2026

Dicen que el fútbol es el único lugar donde los dioses envejecen en público. Cristiano Ronaldo lo supo siempre, y por eso siguió jugando como quien pelea contra el reloj a cabezazos, a sprints, a goles que ya no necesitaba pero que seguía necesitando el alma.

En Dallas, bajo el techo del AT&T Stadium, el sueño se apagó despacio, como se apagan las cosas que uno ama: sin escándalo, con un gol de Merino en el minuto noventa que le quitó a Portugal la última puerta del Mundial. España, la eterna vecina, la eterna rival, ganó por la mínima, uno a cero, y con ese gol clausuró también una edad del fútbol.

Cristiano había dicho, riendo por no llorar: “ojalá no sea mi último partido, ojalá me sigan matando”. Pero el destino no siempre concede revanchas. Se acabó. Se acabó el sueño de la copa que nunca tuvo, la única que le faltaba, la que ningún récord de goles pudo comprarle.

Y entonces pasó lo que pasa con los grandes: no se fue enojado, no culpó al árbitro ni al viento. Caminó hacia la grada, saludó uno por uno a quienes lo habían gritado durante veinte años, y ahí, frente a todos, sin vergüenza de sus lágrimas, lloró. Lloró el niño de Madeira que se hizo gigante, lloró el hombre que ya sabía que el tiempo también gana partidos.

Portugal entera lo aplaudió mientras se marchaba. No aplaudían una derrota: aplaudían una vida entera puesta sobre el pasto, punto final de un poema que empezó hace más de dos décadas y que hoy, por fin, en Dallas, encontró su última línea.

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