Sidny Lopes Cabral encaró a Alexis Mac Allister, campeón del mundo, y no le tembló la pierna. Lo dejó atrás con una gambeta, encontró un hueco y sacó un derechazo con efecto que se clavó en el ángulo del Dibu Martínez. 2-2 ante Argentina, en pleno alargue de los octavos. El estadio de Miami entero se quedó sin aire.

“Cuando levanté la vista y vi que la pelota iba hacia la escuadra, pensé: ¿qué acabo de hacer? No me lo podía creer.”
Lo que casi nadie sabe es de dónde venía esa pierna. Hace apenas tres años, Sidny jugaba en la quinta división del fútbol alemán y colgaba bolsas de basura en las ventanas porque no tenía cortinas.

De ahí, al Benfica. De ahí, a hacerle el mejor gol del Mundial al campeón vigente.
Pero lo que lo volvió eterno no fue solo el gol. Fue lo que hizo después.
Antes del partido les había prometido a las dos mujeres de su vida que, si marcaba, correría hacia ellas. Cumplió. Escapó de sus compañeros y trepó hacia la tribuna a buscar a su novia y a su madre. Cuando llegó, su mamá, Teresa, no lo veía: se había desmayado de la emoción justo cuando la pelota entró.
Días después, entre los 308 goles del torneo, el mundo votó el suyo como el mejor. Y le llegó un mensaje. Era Marcelo, su ídolo, felicitándolo: “Fue un placer verte jugar, eres muy bueno.”
El niño que soñaba con una foto con Messi terminó siendo dueño del gol más lindo del Mundial.
Que nadie te diga nunca que tu sueño es demasiado grande.
