Hachiko no sabía de homenajes ni imaginaba que algún día tendría una estatua en el mismo lugar donde esperó tantas veces. Su mundo era mucho más sencillo: durante años había acompañado a su dueño, el profesor Hidesaburo Ueno, hasta la estación de Shibuya y regresaba para recibirlo al final del día. Pero en 1925 Ueno falleció inesperadamente mientras trabajaba y nunca volvió a bajar de aquel tren. Hachiko, sin embargo, siguió regresando.
Durante casi una década se le vio aparecer una y otra vez por la estación. Pasaron los días, los meses y los años, pero aquella rutina que había compartido con su humano permaneció. Su historia comenzó a hacerse conocida en Japón y Hachiko terminó convirtiéndose en un símbolo de una lealtad capaz de sobrevivir incluso a la ausencia. Tanto, que en 1934 inauguraron una estatua en su honor frente a Shibuya y él mismo estuvo presente.

Hachiko falleció al año siguiente, el 8 de marzo de 1935. Esta es considerada su última fotografía conocida: aparece rodeado por quienes fueron a despedirlo, entre ellos trabajadores de la estación y Yaeko, la pareja de Ueno. Es difícil mirar la imagen sin pensar en todo lo que representa. Durante años fue Hachiko quien acudió a aquel lugar esperando un reencuentro; esta vez fueron otros quienes llegaron hasta él para decirle adiós.
Han pasado casi 100 años y seguimos pronunciando su nombre cuando queremos hablar de fidelidad. Quizás ahí esté la verdadera dimensión de su historia: Hachiko pasó buena parte de su vida esperando a una sola persona y terminó enseñándole al mundo entero lo que significa ser leal hasta el final ❤️.
