Hang Mioku fue modelo y cantante en Corea del Sur, con una carrera que dependía tanto de su talento como de su imagen. Esa presión la llevó a una seguidilla de cirugías estéticas que no tuvo freno, hasta que los cirujanos, uno tras otro, se negaron a volver a operarla. El cuerpo médico había llegado a su límite, pero ella no.

Fue entonces cuando tomó una decisión extrema: empezó a inyectarse aceite de cocina directamente en el rostro, buscando por su cuenta el efecto que ya nadie quería darle en un quirófano. El resultado fue devastador. Su cara se hinchó de forma severa y quedó desfigurada, muy lejos del rostro que la había hecho famosa.

Años después, donaciones públicas permitieron costear varias cirugías correctivas para intentar revertir el daño. Pero hay heridas que el bisturí ya no puede borrar del todo, y el caso de Hang Mioku quedó como un recordatorio incómodo de hasta dónde puede llegar la obsesión por la perfección.

