Nic y Trees Elderhorst se conocieron cuando eran jóvenes y no se soltaron durante 65 años. Vivieron en los Países Bajos, formaron una familia, envejecieron juntos. Y cuando la enfermedad empezó a separarlos de a poco, decidieron que no lo permitirían.

Un accidente cerebrovascular en 2012 le había quitado a Nic buena parte de su movilidad. Trees, por su parte, empezaba a perder la memoria y también la capacidad de moverse con libertad. Sus hijas contaron algo que resume todo el miedo de esos años: si él moría primero, ella tendría que ir a un asilo, sola, sin él.

No fue una decisión de un día. Durante casi un año hablaron, dudaron, se evaluaron con especialistas. Un geriatra confirmó que Trees aún estaba en condiciones de decidir sobre su propia vida. Los Países Bajos, el primer país del mundo en legalizar la eutanasia, exige que el sufrimiento sea real y sin salida, y que la voluntad sea propia, pensada, sostenida en el tiempo.
En 2017, rodeados de su familia, Nic y Trees se dieron un último beso. Después se tomaron de las manos. Así, juntos como habían vivido, se fueron los dos a la vez.
