A Madden Humphreys, de siete años, los compañeros de la escuela le señalaban la cara.
Nació con labio y paladar hendido, y con un ojo de cada color. Tenía una cicatriz de las cirugías. Hasta que otros niños se lo hicieron notar, nunca se había sentido distinto. Su madre, Christina, vio cómo se le apagaba la alegría y no supo qué hacer.
Un día, en Facebook, apareció una foto. Era Moon, un gato rescatado en Minnesota. Tenía un ojo de cada color. Y un labio leporino.

Solo había un problema. Moon vivía en Owasso… no: vivía lejos, en un refugio de Minnesota, y el refugio pedía conocerlos antes de entregarlo. Eran 22 horas entre ida y vuelta, y la familia no tenía dinero para la gasolina ni para el hotel.
“No pensé que fuera posible”, contó Christina.
Pero amigos de la familia organizaron una recaudación. Alcanzó. Subieron al auto y manejaron.
Al llegar, Moon se acercó a Madden sin que nadie lo empujara.

“Se encariñaron al instante”, dijo ella. Hoy, cuando el gato se asusta, busca al niño.
“Siempre le digo a Madden que es mágico, y creo que Moon le ayuda a darse cuenta de lo especial que es”.
A veces el mundo le señala a un niño lo que lo hace distinto. Y a veces, muy lejos, alguien lo espera igual que él.

